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martes, 3 de octubre de 2006

El olor de la vejez

Antes de volver a preguntar desenchufó el aparato de radio con un gesto brusco, dejando que el silencio invadiera la cocina.

-Vamos, contesta. ¿Eso crees?

Andrés levantó la vista hacia su mujer. Estaba sentado frente a ella, al otro lado de la mesa de mármol. Sostenía entre los dedos un cigarrillo apagado. Aproximó el cenicero, cogió un mechero y lo encendió.

-No lo sé æbalbuceó, dando la primera calada.

-¿Tan importante es? -añadió.

Su mujer asintió con la cabeza. Se había dado la vuelta y le contemplaba como si mirara a un fantasma. Acababa de preparar la cafetera, y llevaba un chándal de algodón descolorido. Era la ropa de andar por casa. Vestida así, con el pelo recogido por encima de la nuca y sin maquillar, parecía mayor. Posó el bote del café sobre la encimera de granito. El sonido devolvió a Andrés a la realidad.

-Lo dije sólo por decir.

-Pero lo dijiste.

Su mujer se había sentado frente a él. Volvió a mirarle como si no lo conociera, como si no fuese el hombre con el que se había casado veinte años atrás.

-¿De verdad lo crees?

-Ya te he dicho que era sólo por decir.

Andrés apagó el cigarrillo. Se sentía incómodo, y se levantó. Sacó las tazas del café del armario y las colocó sobre la mesa.

-Aún no has contestado.

-¿Dónde está el azúcar?

-En el segundo cajón.

Andrés sacó un bote de plástico con los sobrecitos que su mujer cogía en los bares.
-Aún no has contestado.

Andrés pensó en fumar otro cigarrillo, pero desistió en cuanto vio que las cenizas del anterior aún humeaban. Cogió la colilla con las yemas de los dedos y la aplastó contra el cenicero de cristal.

-No lo sé. Era sólo por decir. ¿Quieres café?

-Sí, quiero café, pero aún no has contestado. ¿De verdad crees que me gustaría acostarme con el electricista?

-Tú dijiste que te gustaba. Fuiste tú quien lo dijo, no yo.

-No seas absurdo. Sólo dije que le sentaba bien el mono, y que era muy eficiente. ¿Crees que eso significa que quiero acostarme con él?

-Era sólo por decir. Déjalo ya.

Andrés se levantó. La cafetera había terminado de verter el líquido vaporoso en la jarra de cristal, y él la tomó por el asa y le sirvió una taza de café a su mujer. Cuando levantó la vista se dio cuenta de que estaba llorando.

-¿Por qué lloras? No lo dije en serio.

Andrés se fijó en ella. Se habían conocido hacía veinticinco años, y desde que supieron que no podrían tener hijos, habían sobrevivido volcando su soledad en el otro. La situación era irreversible. Llenó su taza de café. Aquella vez fue la primera que cogió dos sobrecitos de azúcar del bote de plástico. Antes sólo echaba uno. Sin embargo, el café le supo amargo. Sólo por decir, pensó, y le sirvió a su mujer otra taza de café. Se levantó, enchufó la radio y respiró tranquilo cuando el sonido expulsó a aquel silencio frío.

-Porque él no habría querido -musitó ella entre sollozos.

Se acercó hasta su mujer, le secó las lágrimas con los dedos y la cogió por la barbilla. Ella levantó la vista. Entonces Andrés se dio cuenta de que hasta ese momento no había reparado en lo mucho que había envejecido. Y cuando ella se levantó y para abrazarlo percibió un olor ácido que le recordó a su abuela.

-¿Bailamos?

4 comentarios:

mc clellan dijo...

¡Qué terrible! Cuando dos personas no envejecena la vez es terrible. Una de ellas ve a dónde llegará y la otra donde estaba. Se fustigan sin tregua.

paaliy dijo...

ese olor ácido..

al leerte he pensado que
lo conozco

OBO dijo...

Gonzalo, ¿qué haces a las 3.34 escribiendo estas cosas tan bellas y tan tristes?

Gonzalo dijo...

Qué honor, OBO. Mis horarios habitualmente son un poco, digamos, noctámbulos. Aunque no llegue al extremo de no gustarme el ajo, rara vez me acuesto cuando el despertador marca horas de dos cifras.