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Llegando al kilómetro 20 |
Ahora, en Vitoria, las circunstancias parecen más favorables. Temperatura ideal (9º aproximadamente, cielo nublado, sin apenas viento), un recorrido sensiblemente más cómodo (más amplio y llano). La única duda es cómo de desgastado me había dejado el maratón, y que desde entonces apenas había entrenado organizadamente. No es tanto que no hubiera entrenado, pues unas vacaciones canarias dan para mucho, pero había sido sobre todo nadar y un poco de trotar. A ver si había servido al menos como recuperación y con la inercia de la preparación bastaba. En cualquier caso, la incertidumbre es total, pues no había sido capaz de correr al ritmo que requería bajar de una hora y media (4'15" por kilómetro) durante más de cinco kilómetros seguidos a una semana de la carrera. Pero bueno. Estoy apuntado, Vitoria está a menos de una hora de casa, hay buena compañía para el viaje de ida y de vuelta...
En Vitoria nos plantábamos Pablo y Julia y yo. Julia, que había corrido la media de San Sebastián y había quedado muy satisfecha con su marca, tampoco sabía a qué atenerse. Pablo, por su parte, que había debutado en maratón tres semanas antes, quería aprovechar la inercia de la preparación para mejorar su marca. Todo muy razonable. Tanto como para estar en una carretera al sur de la capital vasca, cada uno colocado en su zona del pelotón, esperando a que diesen la salida.
Con esa tesitura, el planteamiento estaba claro. Pegarse a la liebre de 1.30 h. y tratar de aguantar veintiún kilómetros a su ritmo. Ya, si eso, quedan 97,5 metros para esprintar. Avanzando como en una manifestación había conseguido colocarme junto a la liebre correspondiente, que llevaba una mochila con una pancarta para verla desde lejos. No estaba a mas de tres metros de ella cuando dieron la salida. ¡Y salimos! Esta vez sin experimentos raros: vuelta a mi mp3 convencional, mis queridas zapatillas Adios con gomas de color naranja y la camiseta de tirantes del club. El único abrigo era una diadema colocada sobre las orejas. Para antes de la salida, una de las docenas de camisetas de otras carreras que se acumulan en rincones de los armarios.
Al comienzo de la carrera el único problema es la densidad de corredores. Cuesta ir colándose por los huecos para que no se escape la liebre. Además, como Pablo había elaborado una pulsera con los tiempos de paso por kilómetro, en la pantalla del reloj sólo llevo la distancia total y el tiempo de carrera en números bien grandes. No quiero fiarme de la distancia del reloj y sí de la de los puntos kilómetros colocados en los márgenes del circuito.
En cualquier caso, durante los cinco primeros kilómetros me limito a seguir el ritmo de la liebre, aunque me da la sensación de que a veces, cuando consulta el reloj, acelera levemente para dejarse ir de nuevo. Por el paso de los kilómetros veo que vamos ganando unos tres o cuatro segundos de margen por cada mil metros, y a estas alturas, antes del primer cuarto de carrera, ningún kilómetro ha sido más lento que la media necesaria para cumplir con el tiempo objetivo. Estamos en el camino correcto.
Pero se me hace incómodo ir así, como a saltos. Igual su ritmo es constante y es una percepción mía, pero después del avituallamiento, en el kilómetro cinco, me veo por delante de la liebre y paso a modo persecución. Esto es, fijarse en alguien que se encuentre lejos, a unos cientos de metros, e ir recortándole terreno. Sin aumentar la sensación de fatiga -aunque no noto las piernas frescas lo cierto es que los ritmos son suficientemente buenos- voy ganando distancia con la liebre, que a su vez también gana tiempo respecto al tiempo final. Miel sobre hojuelas. Vamos bien.
Llegamos al kilómetro diez y paso con cuarenta segundos de adelanto sobre el tiempo. A partir de aquí, la duda es en qué momento empezaré a tener que bajar el ritmo y jugar a conservar lo ganado. En el kilómetro doce, como había previsto, me tomo el gel que llevo en el bolsillo. Casi me atraganto al engullirlo a las bravas, pero sobrevivo entre lágrimas. A la altura del kilómetro catorce sigo ganando tiempo. Ya más de un minuto. Y ya son muchos los kilómetros que he completado a menos de 4'10". Alguno de ellos incluso por debajo de 4'. Pero no quiero cambiar la pantalla del reloj para mirar el ritmo que llevo hasta ahora. Consultar la pulsera y cruzar el tiempo de paso con la cifra que marca el reloj es un entretenimiento al que no quiero renunciar. Es casi el único, porque a mi ritmo de carrera apenas soy consciente del escenario por el que transito. A estas alturas, recuerdo más carteles que calles, iglesias o parques.
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Entrando en meta |
El último kilómetro ese el peor de todos. Además, el recorrido pasa junto a los arcos de meta, pero en lugar de girar para encararlos directamente, hay que seguir alejándose durante unos cientos de metros para volver y cuadrar la distancia. Cuánta crueldad. Hace unos minutos que he pasado a la pantalla de la desesperación. Llamo pantalla de la desesperación a la del ritmo en el último kilómetro en el gps, que oscila entre 3'50" y 4'10" por kilómetro. Peleo por mantenerlo lo más cerca del 4'00". Es un entretenimiento bien tonto, pero me sirve para entrar en meta en menos de una hora, veintiocho minutos y veinte segundos. Esta vez sí que le doy al aire un puñetazo en señal de alegría. Fin de temporada por todo lo alto.
2 comentarios:
Enhorabuena, has completado en este final de año los 3 retos del corredor amateur:
10k --> Sub 40'
MM -> Sub 1h30
Maratón --> Sub 3h30
A partir de ahora te metes en terrenos complicados. Para posteriores retos estoy puliendo el diseño de la pulsera: Haremos los números más grandes y lo imprimiremos en papel hidrófugo para que no se rompan con el sudor.
Ya sabes que mi reto es correr en números redondos para no necesitar gps (ni pulsera), pero creo que para hacer un maratón a 4'/km. todavía falta. Pero una media...
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