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martes, 19 de junio de 2007

La impaciencia de la ciencia

Andaban locos los biólogos porque no eran capaces de determinar la longevidad de las ballenas. Asumiendo que es un tema más bien poco interesante (a mí me interesa más saber a qué sabe una ballena que cúanto vive, cosas de escribir a la hora de cenar, supongo), el caso es que ni midiendo el ácido aspártico del cristalino o los dientes conseguían averiguar cuánto tardaban en morirse los cetáceos. Los inuits, por su parte, tenían una sospecha: que las ballenas viven el doble que los hombres. Así dicho tiene un algo de dogma de fe tribal, pero es que los inuits (que serán esquimales, pero no tontos) no tenían prisa en averiguarlo, y como graban el año de fabricación en los arpones que les clavan, pues basta con que tu bisnieto encuentre el arpón que tú le clavaste hace más de cien años a una ballena que no conseguiste matar.

Asociación de ideas: El viaje del 'Pequod'

3 comentarios:

unbloodymary dijo...

El problema es que tenemos prisa para todo. Lo queremos para ya, o incluso antes. Y hemos borrado del diccionario la palabra legado.

Señor Merlot de Chardonnay dijo...

Por cierto, en Noruega se puede comer carne de ballena. El único problema es el precio porque, como sólo les dejan cazar 3.000 piezas por año, es un producto de lujo. Y eso que antes era la vaca de los pobres.

martina dijo...

Japón permite a los balleneros matar hasta 935 ballenas minke y 10 ballenas de aleta, que se encuentran en peligro de extinción. Triste...